Arquitectura y urbanismo como sistemas vivos
¿Qué cambia cuando la arquitectura y el urbanismo dejan de entenderse como una suma de objetos y parcelas y empiezan a leerse como sistemas vivos? En esta conversación con Urbiq, Iñaki Alonso propone ampliar la mirada: incorporar, junto a la viabilidad económica, los impactos sociales y ambientales; recuperar el espacio común; y diseñar tanto el soporte físico como las relaciones que le dan vida.
Ampliar la mirada: del triple balance a la visión sistémica
Alonso sitúa el origen de su enfoque en el triple balance: evaluar de manera simultánea la dimensión económica, la social y la ambiental. La operación parece sencilla, pero modifica la pregunta de partida. Un edificio o una actuación urbana no son aceptables únicamente porque sus números cierren; también deben considerarse sus efectos sobre las personas y sobre el medio.
El triple balance es, en su explicación, una puerta de entrada a una perspectiva más amplia: entender el mundo como un sistema. Frente a un paradigma reduccionista que fragmenta la realidad para analizar cada parte por separado, la mirada sistémica intenta recuperar las relaciones y la visión del conjunto. Alonso reconoce la utilidad histórica del análisis científico, pero señala también su límite cuando la especialización hace perder de vista la totalidad.
Esta pérdida de visión conjunta se vuelve especialmente visible ante problemas que se superponen: cambio climático, extracción de recursos, energía, biodiversidad o salud. No son crisis independientes y, por tanto, difícilmente pueden abordarse con respuestas aisladas. La arquitectura y el urbanismo deben ampliar la ecuación y trabajar con variables que hasta ahora quedaban fuera de la decisión o resultaban difíciles de medir.
De la ciudad fragmentada a la ciudad relacional
La traducción urbana de esta idea cuestiona la lógica de la separación funcional. Alonso utiliza la forma del plano como una metáfora del cambio: del territorio estrictamente parcelado y cuadriculado a una estructura más orgánica, capaz de mostrar vínculos. El urbanismo del siglo XX separó usos y funciones -aquí se vive, allí se trabaja, más allá se compra- y confió al automóvil la conexión entre piezas.
La visión sistémica apunta en otra dirección: una ciudad compacta, heterogénea y diversa, donde las actividades puedan convivir y la proximidad reduzca la dependencia de desplazamientos obligados. Alonso relaciona este giro con planteamientos como la ciudad de los quince minutos, la descentralización y la mezcla de usos. El objetivo no es añadir una nueva etiqueta, sino pasar de una ciudad concebida por zonas a una ciudad entendida por relaciones.
La consecuencia práctica es relevante: la calidad urbana no depende solo de cada pieza, sino de lo que sucede entre ellas. El espacio intermedio, las transiciones, la planta baja, los recorridos y la forma en que los usos se mezclan dejan de ser residuos del proyecto para convertirse en su materia principal.
Recuperar el 'nosotros': el espacio común como infraestructura social
Uno de los núcleos más claros de la conversación es la recuperación del espacio común. Alonso describe cómo la maximización del espacio privado y su monetización redujeron progresivamente los ámbitos compartidos del edificio. Vestíbulos, pasillos y cubiertas quedaron limitados a funciones de tránsito o a mínimos normativos, sin capacidad real para sostener relaciones.
"Hemos acabado con edificios que se han convertido en almacenes de personas, pero no han favorecido la relación entre las personas." - Iñaki Alonso
Entre el 'yo' del ámbito privado y el 'todos' del espacio público y del medio ambiente, Alonso sitúa un 'nosotros' que la arquitectura debe reconstruir. Ese nosotros es la comunidad: la red de confianza, cuidado y apoyo mutuo que permite afrontar dificultades colectivamente y que, en muchos pueblos y tipologías históricas, encontraba un soporte espacial claro.
La respuesta no consiste únicamente en aumentar metros cuadrados comunitarios. Consiste en darles sentido y condiciones de uso: una azotea compartida, espacios de estancia asociados a los recorridos, una planta baja para la infancia o un grupo de consumo, o lugares capaces de acoger una actividad cultural, una reunión o una tarde de juego. Son ámbitos que permiten que la relación vecinal deje de ser accidental.
Alonso vincula esta capacidad con una cultura de cuidados y con la salud mental. La soledad, recuerda, no afecta únicamente a las personas mayores. Si el entorno construido puede facilitar vínculos y reducir el aislamiento, la arquitectura deja de ser un objeto neutral y se convierte en una herramienta frente a una problemática social concreta. Entrepatios Las Carolinas aparece en la entrevista como el primer laboratorio de esta investigación, posteriormente trasladada a proyectos como Pirita, Tomás Bretón, Talco y vibio Higuera.
El hardware no basta: diseñar el software de la comunidad
"Nosotros hablamos mucho del hardware, que es el edificio, pero aquí lo más importante es construir el software. [...] El software son las personas y las relaciones que se construyen entre las personas." - Iñaki Alonso
La distinción entre hardware y software evita reducir la innovación a una solución formal. El hardware puede integrar biodiversidad, producir energía, depurar agua mediante procesos biológicos o almacenar carbono con estructuras de madera. Pero un edificio solo se comporta plenamente como un sistema vivo cuando las personas lo activan, lo gestionan y lo adaptan.
Por eso el acompañamiento no termina necesariamente con la obra. Alonso explica que la comunidad debe ganar autonomía, no dependencia. La tarea consiste en dotarla de conocimiento y herramientas: métodos para organizar reuniones, activar dinámicas, compartir aprendizajes y resolver conflictos. La monitorización y el apoyo permanecen disponibles, pero el objetivo es que la propia comunidad se empodere.
También cambia la lógica de la reunión vecinal. En lugar de encontrarse una vez al año únicamente para discutir problemas, la comunidad puede reunirse varias veces para proponer actividades y mantener el edificio vivo. Esta dimensión organizativa forma parte del proyecto tanto como la energía o la envolvente.
Del edificio al barrio: comunidades anidadas
La escala siguiente no se alcanza simplemente ampliando el tamaño del edificio. Alonso habla de comunidades anidadas: grupos capaces de mantener su identidad y, al mismo tiempo, conectarse dentro de un ecosistema mayor. En el entorno de Las Carolinas, en Madrid, explica acciones que ya traspasan la parcela: reuniones con vecinos, reflexión sobre aceras y espacio público, apertura del grupo de consumo ecológico al barrio, celebraciones compartidas y la voluntad de enlazar nuevas comunidades en solares próximos.
Al aumentar la escala aparecen oportunidades que un edificio aislado no puede resolver por sí solo: comunidades energéticas, gestión compartida del agua, redes de consumo o equipamientos culturales. La conversación también reconoce carencias. En un barrio con poca actividad en planta baja, el grupo de consumo no sustituye la necesidad de pequeño comercio, del mismo modo que la proximidad a una gran zona verde no elimina la conveniencia de espacios culturales.
Esta lectura evita idealizar lo común. Algunas aportaciones pueden cuantificarse y traducirse en ahorro o eficiencia; otras son difíciles de medir, aunque su valor sea evidente para la vida cotidiana. Escalar exige identificar ambos tipos de beneficio y comprender qué relaciones se fortalecen en cada nivel.
Regeneración rural: llegar escuchando, no aterrizar como extraños
La entrevista traslada después esta lógica a vibio Higuera, en Higuera de las Dueñas, Ávila. El cambio de contexto introduce una tensión que Alonso no oculta: disponer de más terreno permite una implantación más abierta y una relación intensa con la naturaleza, pero también puede conducir a un urbanismo más disperso y, por tanto, cuestionable desde la sostenibilidad.
El proyecto vuelve a ordenar la relación entre lo privado, lo común y lo público. Las viviendas mantienen un uso privado, mientras que las parcelas, plazas, cobertizos y edificios comunitarios se conciben para el uso compartido. La intervención en biodiversidad marca la diferencia: Alonso la presenta más próxima a plantar un bosque con casas que a ejecutar una promoción convencional. En la conversación se refiere a una plantación prevista de unos 400 árboles.
Sin embargo, regenerar un entorno rural no consiste en implantar una comunidad autosuficiente al margen del municipio. Alonso insiste en evitar tanto el gueto como la llegada de un grupo percibido como ajeno. Para ello describe un proceso de escucha con vecinos, gobierno local y asociaciones: compartir qué valora la población de su pueblo, por qué las nuevas familias quieren vivir allí y qué futuro pueden imaginar conjuntamente. El consenso no elimina todas las resistencias, pero crea un marco para entender miedos, expectativas y posibles sinergias.
La residencia permanente es aquí una condición central. En el momento de la entrevista, Alonso señalaba que ya había 35 familias vinculadas al proyecto y que el objetivo era reunir 60 primeras residencias. No se buscaba una urbanización de segunda residencia, sino población estable capaz de participar en la vida social y económica de Higuera.
Medir el éxito sin reducirlo a una sola cifra
Preguntado por cómo evaluar el proyecto al cabo de cinco o diez años, Alonso propone un sistema de indicadores coherente con el triple balance. El primer indicador es directo: completar la comunidad y consolidar residencia permanente. A partir de ahí, la evaluación se abre a efectos ambientales, sociales y económicos.
En la dimensión ambiental menciona la generación de energía, la absorción de CO2 y el aumento de biodiversidad vegetal y animal. En la social y económica, plantea observar qué actividad provoca el proyecto: empleo, una posible empresa local de construcción con tierra, nuevas agrupaciones, un espacio de coworking o emprendimiento, mayor uso del bar y de la tienda, y población empadronada. El objeto a evaluar no es solo la vivienda construida, sino la comunidad resiliente y las transformaciones que activa en su entorno.
Alonso añade un indicador especialmente revelador: la replicabilidad. Si el modelo funciona, genera actividad y otras personas quieren reproducirlo, la experiencia habrá demostrado una capacidad de aprendizaje que supera el propio emplazamiento. Medir, por tanto, no significa convertirlo todo en una cifra única, sino construir un cuadro de evidencias que permita saber si el sistema está vivo y si produce los efectos esperados.
Vivienda: diversidad de tenencias y una condición cultural
La relación entre lo privado, lo común y lo público no depende de una única fórmula jurídica. Alonso sitúa en un mismo campo de exploración el alquiler, el coliving más temporal, la propiedad privada y la propiedad colectiva en derecho de uso. Esta última permite sacar la vivienda del circuito especulativo: la persona aporta capital social, obtiene un derecho de uso y recupera su aportación cuando abandona la comunidad.
Pero la arquitectura colaborativa no se presenta como una solución universal. Requiere una cultura de colaboración y usuarios que reconozcan valor en la relación vecinal. Quien no quiera compartir ni participar probablemente no encontrará aquí su modelo. La conclusión no es imponer una forma de vida, sino diversificar la oferta para que también exista una alternativa destinada a quienes desean vivir dentro de una cultura colaborativa.
Una responsabilidad y, al mismo tiempo, un campo de experimentación
En el cierre de la conversación, Alonso sitúa a arquitectos y urbanistas ante una responsabilidad directa. Edificios y ciudades concentran una parte muy relevante del consumo de recursos, de la energía, de las emisiones y de los residuos, pero son también los lugares donde la sociedad vive, trabaja y se relaciona. Interiorizar la preocupación global y convertirla en soluciones no es, para él, un complemento de la profesión.
Su lectura, sin embargo, es deliberadamente positiva. El cambio de paradigma abre un territorio de investigación: aprender de la biología, observar cómo funcionan los sistemas naturales y trasladar esos principios a nuestros sistemas de vida. La transición no será inmediata. Alonso recuerda que los grandes cambios culturales necesitan tiempo, aunque reconoce señales en disciplinas diversas, en el interés creciente por el pensamiento sistémico, en la ciudad de proximidad y en la recuperación de los cuidados y de lo común.
Claves que la entrevista deja para la práctica urbanística
- Mirada ampliada. La viabilidad económica es necesaria, pero insuficiente: debe leerse junto a los impactos sociales y ambientales.
- Relaciones antes que piezas. El proyecto urbano debe atender a las conexiones entre usos, espacios, comunidades y ciclos, no solo a cada elemento por separado.
- El espacio común como infraestructura. Los ámbitos compartidos pueden sostener cuidados, confianza, cultura y capacidad colectiva frente a las crisis.
- Hardware y software. El soporte físico necesita procesos de activación, gobernanza, aprendizaje y resolución de conflictos.
- Escalas anidadas. Edificio, barrio, municipio y territorio pueden conectarse sin que cada comunidad pierda su identidad y autonomía.
- Escucha local. Una intervención regenerativa no se inserta en un contexto vacío: debe construir confianza y futuro compartido con quienes ya habitan el lugar.
- Medición plural. La evaluación debe combinar energía, carbono, biodiversidad, residencia, empleo, actividad local, vínculos sociales y capacidad de réplica.
Del objeto al ecosistema
La idea que atraviesa toda la entrevista es sencilla de formular y exigente de aplicar: proyectar no es ordenar objetos aislados, sino crear condiciones para que un sistema pueda vivir. Eso obliga a mirar más lejos que la parcela y durante más tiempo que la obra. También obliga a reconocer que la comunidad, la biodiversidad y la economía local no son efectos secundarios, sino componentes del proyecto.
Desde esta perspectiva, la tarea de la arquitectura y del urbanismo cambia de posición. Ya no se limita a reducir impactos o a resolver programas; debe articular lo privado, lo común y lo público, y construir relaciones capaces de sostenerse, aprender y adaptarse. El reto no es producir una forma orgánica, sino conseguir que la ciudad funcione de manera más parecida a un sistema vivo.
Entrevista realizada el 19 de mayo del 2026